
Somos Marco y Lieke. En 2016 nos quedamos con un viejo local en el canal, con una cocina demasiado pequeña y un suelo que crujía. Ese crujido sigue ahí. Lo demás lo hemos construido poco a poco: primero la pasta, luego la carta de vinos, y solo después añadimos las mesas.
Nuestra pasta la hacemos a mano cada mañana, con huevos de un granjero al que conocemos por su nombre. Lo que no es fresco, no entra en la carta. Por eso nuestra carta es más corta de lo habitual, y esa es justo la intención: mejor doce platos que salgan bien que cuarenta que tal vez lo hagan.
Tenemos treinta y ocho sillas y una regla: a nadie se le mete prisa. Una noche con nosotros dura lo que tenga que durar.


“Una carta corta no es una limitación. Es la promesa de que todo lo que hay en ella se ha hecho hoy.”
Los tres estamos aquí casi todas las noches. Quien abre la puerta, cocina o sirve el vino.